Expectativas vs Realidad. ¿Qué está en nuestras manos y qué no?

Expectativas vs Realidad.

Marie Kondo, la reconocida autora japonesa y gurú mundial de la organización, sugiere descartar todo lo que no produzca felicidad. Ella misma señala: “La clave es trabajar para identificar aquello que verdaderamente produce dicha, y para la mayoría de la gente no es fácil. Pero es la mejor manera de asegurarnos de que vivimos con aquello que nos satisface. Y en la cantidad justa”.

Y casi resulta oportuno utilizar ese concepto como analogía para que cada uno de nosotros se atreva a revisar, desechar y adecuar sus expectativas para que nos generen felicidad, en vez de frustración y angustia. Todos creamos expectativas sobre nosotros mismos, sobre lo que creemos que debería pasar, sobre cómo las cosas deberían ser y/o sobre cómo esperamos que actúen algunas personas de nuestro entorno (sobre todo las que más queremos). No obstante, mencionábamos en un artículo anterior la fórmula de Dennis Pragger:

“La desdicha es igual a las expectativas (imagen), menos la realidad (lo que es)”.

No obstante lo que es, no es necesariamente lo que es. Quiero decir, no vemos las cosas como son, sino cómo somos. Cada uno de nosotros tenemos nuestro mapa mental, producto de sus pensamientos, su percepción y sus patrones de creencias. Sabiendo esto, resulta interesante entonces, revisar muchos de esos patrones que tenemos tan arraigados y de los que, aunque no seamos conscientes, rigen nuestras decisiones, emociones, actitudes, comportamientos y también, por supuesto, la proyección de nuestras expectativas. Se trata de determinar cuáles de todos esos patrones aún nos sirven y cuáles han dejado de ser funcionales.

Con esto no quiero decir, de ninguna manera, que tener expectativas esté mal. Por el contrario, está bien pensar en el futuro y esperar de él, pero siempre diseñando desde el momento presente, desde lo que está a nuestro alcance, desde lo que realmente nos motiva y “haciendo” con una visión realista. Parece complejo, pero no lo es.

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De hecho, es un proceso que nos alivia la carga, sobre todo, en la transición de la edad madura; en ese quiebre que se produce cuando la mitad de la vida ya pasó y queda la otra mitad por recorrer. ¿Qué mejor que liberarnos de cargas que no necesitamos? ¿Qué mejor que equilibrar los “debo hacer” con los “quiero hacer” y concentrar nuestros anhelos y nuestros esfuerzos en aquello que realmente nos gratifique, nos haga sentir que -de verdad- vale la pena? 

Hay un proverbio inglés que señala: “Espera lo mejor, prepárate para lo peor y recibe lo que venga”.Dicho de otra forma, significa: que está bien tener grandes expectativas, al mismo tiempo que está bien entrenarnos para la adversidad -pues tal vez las cosas no pasen tal y como las deseamos-, y aceptar aquello que llegue. Para ello, estaría bien empezar por comprender que nadie es perfecto (ni nosotros, ni nuestra pareja, ni nuestros hijos, ni nadie); y que todos somos seres únicos.

Por ejemplo, ¿esperábamos que nuestro hijo fuera médico? ¿y además el mejor? Pensemos, de verdad, ¿acaso no será que depositábamos en él algunos de los proyectos que nosotros no pudimos realizar? Finalmente, ¿qué sentimos cuando nos enteramos que él prefirió ser educador? ¿Angustia, decepción? Repasemos ahora la fórmula de Pragger que citábamos párrafos antes. ¿Acaso no es su vida, su sueño? ¿Por qué deberíamos esperar que él cumpla con nuestro “plan perfecto” para él, en vez de esperar que sea capaz de diseñar el suyo propio?

Claro que también podríamos hablar de la culpa y la angustia de nuestro hijo por no cumplir con nuestras expectativas. Un bucle, pero se entiende; sólo imaginémoslo.

Seamos cada uno su plan perfecto. Esto es lo que os propongo dentro del marco de mi intervención como coach y para ayudaros a gestionar la frustración y la angustia producidas por tener unas expectativas poco realistas. Y puede que en este momento alguno de nosotros se esté preguntando: ¿es posible ajustarlas a la realidad? Claro que sí. Pero veamos un poco más.

Si nos ponemos a pensar, cuando creamos expectativas es difícil conectarlas con el presente, con el aquí y ahora.

La expectativa es futuro. El futuro es probabilidad. La probabilidad puede que ocurra o no.

Esperar, simplemente esperar a que suceda eso que esperamos suena a simple (y triste) inacción. De hecho, me permito citar esas palabras cuanto menos inexactas de Coelho: “Cuando deseas algo, el universo conspira para que realices tu deseo”. Si así fuera, sin más, no hubiéramos escrito este artículo.

Ahora bien, cuando somos capaces de darle un baño de realidad a nuestras expectativas y conectarlas con nuestras motivaciones reales, podemos convertirlas en objetivos realizables (y realistas) y generar un compromiso para ello. El compromiso implica toma de decisiones vinculadas al objetivo; implica hacer (acción) para que las cosas sucedan. Para ello, es fundamental preguntarnos…

¿Qué está en nuestras manos y qué no?