¿Qué quieres hacer con tu vida?

Me he apropiado del titulo de una road movie que recientemente se ha presentado donde jóvenes plantean esta pregunta a otros jóvenes a lo largo de un viaje el verano pasado por 25 ciudades españolas.

Al margen de los interesantes resultados de la encuesta, es una pregunta que no tiene una sola respuesta ni la misma a lo largo de toda tu vida.

Es interesante como tus expectativas sobre el futuro y tu constante espejo de estas con tu realidad hacen que, muchas veces, lo que en un principio soñaste, al cabo de los años se convierta como decía el poeta en “vana ilusión”.

Por ello es tan importante el conocimiento propio y el de lo que quieres hacer. Valores y fortalezas entran en juego enseguida que se deben tomar las primeras decisiones.

¿Cuántos colegios ayudan a sus estudiantes a hacer un verdadero análisis de autoconocimiento? ¿Cuántos jóvenes profundizan en su pasión verdadera?
Ken Robinson en su libro El Elemento señala:

“El mundo nunca había cambiado tan rápido como ahora. Nuestra mayor esperanza de cara al futuro es desarrollar un nuevo paradigma de la capacidad para llegar a una nueva dimensión de la existencia humana. Necesitamos propagar una nueva apreciación de la importancia de cultivar el talento y comprender que este se expresa de forma diferente en cada individuo. Necesitamos asegurarnos de que todas las personas tienen la oportunidad de hacer lo necesario para descubrir el Elemento por sí mismas y a su modo”.

Y en este nuevo paradigma los padres vivimos entre sorprendidos, asustados y desconcertados. Los valores que nos sirvieron para empezar nuestras vidas de adulto, pongo como ejemplo, esfuerzo, sacrificio, trabajo duro no los comprarían la gente joven actual. Sus valores se acercarían más a creatividad, relaciones sociales o solidaridad.

Y ¿Qué podemos hacer entonces cuando no hay palabras comunes que tiendan puentes?

Yo confío en varias cosas:

  • Escucha empática, poniéndonos realmente en lo que piensan e intentando comprender sus motivaciones.
  • Mente abierta al aprendizaje. Pueden sorprendernos y aprendamos de ellos.
  • Mostrar con autenticidad tus propios miedos. Los jóvenes valoran ver tu vulnerabilidad, tu lucha, y porque no, tus errores.
  • Pocos discursos y más ejemplo. Yo lo llamo coherencia.

Joan Garriga en su libro La llave de la buena vida escribe algo que suscribo:

“No hay mayor didáctica para los hijos que la del ejemplo, eso es, la forma como los padres acogen y transitan sus propias alegrías y sus propias penas y logran mantenerse en sintonía con su alma, ahuyentando tanto vanidades insulsas como depresiones vanas. Ciertamente los padres cuentan, y mucho, como modelos para sus hijos. Por eso es tan importante que traten de ser sólidos y felices. No vale predicar con buenas palabras, que los hijos aborrecen si no se acompañan de la respectiva congruencia en los actos. Las palabras palidecen ante la reluciente verdad de las vivencias; las teorías se adelgazan ante la amplitud de los hechos.”

No es cuestión de contar batallitas, sino de mostrar tu vida tal como es. Todo un reto.

Y ya sabéis, los pasos que no te atreves a dar también dejan huella. ¡Feliz semana!