El camino que lleva a Belén

Este año ha coincidido la proximidad de la Navidad con la celebración de elecciones generales en nuestro país.

Parecería que el ambiente navideño no es el más propicio a la presión de campaña electoral a que nos han sometido para que tomáramos la decisión de votar a uno u otro. Eslóganes y propuestas se han entremezclado en la televisión con anuncios de Papas Nöel rechonchos y enrojecidos que nos desean toda la felicidad del mundo. Al mismo tiempo los políticos nos prometen cuatro años de prosperidad y bienestar si les votamos. Casi diría que se asemejan unos con otros.

Durante estas semanas he escrito sobre los valores que considero debe tener un líder, y he indicado los seis que me parecen más relevantes: ejemplaridad, honestidad, confiable, visionario, humilde y compasivo.

Hay una escena en el maravilloso cuento “El Príncipe feliz” que indica cuan ciegos estamos muchas veces a las realidades que nos rodean.  Os recuerdo la escena, al posarse la golondrina a los píes de la estatua del Príncipe feliz nota que le cae una gota de agua, se sorprende pues no estaba lloviendo y entonces observa que la gota viene de los ojos del príncipe que está  llorando. Al preguntarle la golondrina el motivo le contestó:

-Cuando estaba yo vivo y tenía un corazón de hombre -dijo la estatua-, no sabía lo que eran las lágrimas porque vivía en el Palacio de la Despreocupación, en el que no se permite la entrada al dolor. Durante el día jugaba con mis compañeros en el jardín y por la noche bailaba en el gran salón. Alrededor del jardín se alzaba una muralla altísima, pero nunca me preocupó lo que había detrás de ella, pues todo cuanto me rodeaba era hermosísimo. Mis cortesanos me llamaban el Príncipe Feliz y, realmente, era yo feliz, si es que el placer es la felicidad. Así viví y así morí y ahora que estoy muerto me han elevado tanto, que puedo ver todas las fealdades y todas las miserias de mi ciudad, y aunque mi corazón sea de plomo, no me queda más recurso que llorar.

Cuantos de nuestros políticos viven en esta situación, rodeados de comodidades y pensando que el bienestar es lo que les rodea y no lo que diariamente late en nuestras ciudades y pueblos.

En cambio la proximidad de la Navidad me marca el camino a un pesebre pobre en un pequeño pueblo de Judea. Y allí sí que encuentro los valores que reflejaba en mis textos: humildad, ejemplaridad, confianza.

El silencio del portal de Belén, solo interrumpido por unos pobres pastores y los himnos de alabanza de los ángeles, contrasta con el ruido y la sobreexposición mediática de unos falsos lideres llenos de mensajes vacios.

Es por ello que una vez puesto mi voto en la urna, me pienso olvidar de personas que prometen lo que no pueden cumplir y voy a centrarme en el único mensaje que trasciende estos días:

“Y en la tierra Paz a los hombres de buena voluntad”.  (Lucas 2,14)

Eso es lo que os deseo de todo corazón. Que la verdadera paz y la imagen del verdadero líder nos indiquen el camino a seguir.

¡Feliz Navidad!